Obras: 1990 - 1999

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1990 - 1999

En 1998 Cecilio presenta su muestra individual Somos, en Galería Botello en Hato Rey, San Juan, Puerto Rico.

Con motivo de la exposición SOMOS

El color y la abstracción

Cecilio Colón es un artista de fuerte personalidad propia, 
que enmarca sus mordaces comentarios en pinturas
que son verdaderas experiencias visuales.

Por: Enrique García Gutiérrez

Un tríptico que lleva por nombre Hipnotizada ofrece una clave para entender y apreciar lo que se nos ofrece en las ocho obras de la presente exhibición de Cecilio Colón Guzmán, Somos, en la Galería Botello de Hato Rey.  El panel de la izquierda es representativo de su obra abstracta, que durante largos años ha proyectado una atrevida dinámica de brillante colorismo saturado, aplicado en trazos y esquemas formales que sugieren una inminente eclosión, o inicio de vida, un “big bang” que anticipa el orden y las jerarquías que siguen al caos originario.  Separado por un estrecho panel de madera en el que se encuentran incrustadas diez monedas de diez centavos americanos, cuidadosamente colocadas para que se lea, horizontalmente, la palabra Liberty, sigue otro diseño abstracto, pero en este caso depurado de los matices primarios y secundarios del anterior, limitándose a tonalidades neutrales, areniscas y verde-gris, sobre las que se destaca un diseño lineal de movido y calculado contorno.  Y en el tercer y último lienzo del tríptico (en realidad enmarcado como una sola pieza), aparece la que da el nombre a la pieza, un busto de mujer en estricto perfil y actitud de Hipnotizada.

Un corto texto, unos cuatro párrafos escritos por el artista, que lleva el título de la muestra, Somos, está incluido como hoja suelta en el opúsculo que funge como catálogo (con presentación de Manuel Álvarez Lezama).  En lo que claramente tiene la intención de ser exégesis y enigma declarado, en forma simultánea, de las ocho obras presentadas (todos sus títulos entretejidos en el texto), Colón Guzmán comienza en actitud reflexiva preguntándose la finalidad de su arte y saber, y termina afirmando en forma  exclamatoria: “¡Es que lo nuestro no muere… somos la excepción del siglo!”

Al comentar sobre la obra descrita se expresa de la siguiente manera: “Consciente está (el individuo) de que su pueblo es invadido –no desde hace cien años, sino desde hace más de quinientos–.  Ve cómo entregan la libertad y la vida las mentes hipnotizadas, al que les tira monedas –menudas– hurtando un siglo”.  Si algunos de los que visitaron ya la muestra han pensado en el maestro Carlos Raquel Rivera y en su grabado Huracán del Norte, y en la figura de la muerte que sobrevuela los arrabales desparramando monedas que se salen del bolso en su mano derecha, habrán podido apreciar el largo linaje del pensamiento de Colón Guzmán que se encierra en esta novísima interpretación del problema del coloniaje puertorriqueño.  La grotesca caricaturización de una mujer, que mira pero no ve, fija sus ojos en una lluvia de signos-palmas de coco invertidas.  El mordaz comentario, sin embargo, está ahora supeditado a una obra de compleja tramoya colorística y de ensamblaje, propia del arte de fin de siglo, y su rica fábrica de texturas, repetición de minúsculos motivos figurados, enfático trazo gestual, y dibujo lineal o de separación de áreas coloreadas que genera fuertes contornos, no deja lugar a duda sobre el papel protagónico de la pintura como experiencia visual, más que de una narrativa o comentario socio-político, como argumento persuasivo.  De ahí, quizás, la necesidad de complicidad del texto escrito.

La obra de Cecilio Colón es la de un artista de fuerte personalidad propia; la conozco a partir de sus primeras pinturas y dibujos en sus años de estudiante en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (se gradúa en 1981).  Desde entonces se distinguió por un meticuloso proceso de factura y diseño, en el que con frecuencia destacaba la destreza de su mano en exquisitas grabaciones de tonos de lápiz, que engendraban planos estructurales que proyectaban un escenario metafísico.  Su entrega al color y a la abstracción, por largos años, le han llevado a desarrollar un estilo que organiza complejos esquemas estructurales en la superficie del lienzo, pero sin sacrificar los efectos espaciales, que, más que tridimensionales, son de carácter sideral. Quieren llevarme, obra en la que una figura en la parte superior del lienzo agarra la cabeza del artista, que lleva la estrella de la bandera puertorriqueña incrustada en su frente, presenta tanto una brillante síntesis de los espacios metafísicos como de su logrado manierismo.  Aunque de manera muy distinta, en cuanto al estilo se refiere, esta pintura comparte conceptual e iconográficamente el animus de la obra de su contemporáneo Arnaldo Roche Rabell.  Este último llevó al lienzo varias imágenes análogas, entre ellas ¡Me llevan!, en la que otra persona había agarrado la cabeza de Roche y huía a toda prisa con ella.

El recurso de la imagen caricaturesca y en específico del retrato y del autorretrato (su esposa e hijos, ¡quienes no le pueden meter pleito!, son los modelos que le acompañan en los lienzos), ponen de relieve no sólo el vuelco sobre la figuración, vis a vis la abstracción, sino, también, la aproximación enfática a un lenguaje mucho más comunicativo.  Pues si bien es cierto que en lienzos de exhibiciones anteriores podía aparecer alguna figuración (i.e. El Chupadiezmos), ésta tenía un rol accidental o claramente secundario.  Todas las obras de esta muestra tienen como parte integral o principal el uso del retrato y del autorretrato y todas hacen un comentario de afirmación personal o nacional que las identifica como íntimas en lo familiar y su particular preocupación ante el problema de la identidad. No creo necesario recordar que estamos en el 1998.

Tres de sus autorretratos dan una idea de la gama expresiva que conlleva este giro iconográfico, a la vez que ilustran cambios significativos en su forma de pintar.  Todos son identificados como medio mixto, referencia a las estacas y clavos que enmarcan la pintura y que se integran como ensamblaje significativo, pues son clara alusión a un proceso de victimación de los representados. ¿En qué estamos pensando?, y Pensaba en aquel bosque, hacen una referencia más generalizada al artista que en Sigo pelú y barbú, en la que la representación gana terreno sobre la caracterización generalizada (todas son de 1996).

El pensamiento de la primera tiene que referirse tanto al rol de conciencia socio-política que aparece con frecuencia en su pintura, pero también, y con particular énfasis a la apariencia de figuración autorreferencia que se inicia en él.  Su faz se empieza a materializar sobre el lienzo aunque el efecto de abstracción se apodera de casi toda la superficie de la pintura.  La preocupación ecológica que ha inspirado muchas de sus obras anteriores le lleva a presentarse en una imagen que recuerda al Cristo coronado de espinas, quien después de todo murió clavado a unos maderos.

Pero la referencia a su triunfo al conservar su barba y pelo largo, en contra de fuertes presiones que se ejercieron para que los eliminara, como condición de trabajo en la empresa privada, se convierte en un grito de batalla, y de eventual victoria, contra el conformismo y la invasión personal pretendida por la mediocridad institucionalizada de la clase media dominante.  Al incluir una rasuradota eléctrica inservible como motivo encontrado, que cuelga cual ahorcado al margen de la pintura, Colón ha añadido un toque de humor negro a la obra.  En Sigo pelú y barbú el tono desafiante se robustece al ser el más mimético de los autorretratos, haciendo la autorreferencia inequívoca, pero también pictóricamente seductora por los fuertes contrastes de figuración fantástica y real que se yuxtaponen en las dos mitades de su cara, y el brillante cromatismo de rojos y anaranjados que complementa con sabios toques de verdes tonalidades liláceas. De Sangre nueva-indestructible (sirvió de modelo uno de los dos hijos), escribe Cecilio, “Firme cual roble se esmera y del cometa recibe la herencia que ya atesora.  Aprendió de nueva trova, de salsa clásica y buena.  Con el violín le arremete a Mozart, Chopin y Mazas.  De Dave Matthews también suena y aprecia su calidad.  De cuatro, güiro y guitarra sabe formar la parranda, y de nuestra bomba y plena al pandero saca el ritmo”.  No sólo nos explica muchos de los motivos figurativos presentes en esta fuerte imagen de sonrisa socarrona, de afirmación y juventud, sino también revela la esperanza de un futuro, variado y ecléctico, pero de raíces propias muy profundas.

El motivo principal que enlaza tan diversas imágenes es la resistencia a la asimilación o a la dominación por el extranjero, y no falta el comentario de la lengua.  En un singular paisaje abstracto que incluye una Ñ y un pequeño autorretrato, Sin Ñ no hay puño,  Cecilio Colón se une a las voces que claman por la preservación de lo propio en el ámbito personal y nacional, sobre todo, por nuestra lengua y nuestras costumbres.  Sin caer en panfletismo o comentario de afiliación política o partidista, su arte refleja su sentida y elocuente preocupación de ¿En qué estamos pensando?  Creo que en su caso, la presente muestra indica que va por muy buen camino.

Enrique García Gutiérrez
Revista Domingo, El Nuevo Día
9 de agosto de 1998

Con motivo de la exposición SOMOS

Cecilio Colón Guzmán: La mirada y los horizontes 

Para Cecilio Colón el arte es vocación y deber.  Durante su carrera como creador este audaz colorista siempre ha tratado de acercarse a las armonías que existen entre la poesía y la ciencia, y penetrar los constantes juegos entre la verdad, los espejos y el tiempo. 

En el período anterior a esta provocadora exposición que hoy nos presenta en la Galería Botello, Cecilio Colón desarrolló unas sugestivas composiciones donde el color, la forma y un movimiento interno muy singular, lograban que pudiéramos aproximarnos tanto al origen de la vida misma como a los más complejos juegos eróticos.  Aquellos sorprendentes cuadros –dramáticamente cautivantes y llenos de un original lirismo- lograron que nos diéramos cuenta de que estábamos ante alguien entusiasmado con la construcción de un lenguaje pictórico muy particular. 

Hoy estamos frente a un Cecilio Colón más maduro y convencido desde el punto de vista estético y plástico, y frente a un Cecilio Colón más resuelto y determinado desde el punto de vista socio-político y filosófico.  En esta exposición el artista nos reta a que abracemos y entendamos el difícil momento histórico en que estamos viviendo.  Mediante el lúcido uso del retrato y del autorretrato –las profundidades de las expresiones de sus sujetos-; mediante la efectiva incorporación en sus composiciones de la madera y el metal –que usa para enmarcar, encerrar, encarcelar, y en última instancia invitarnos al vuelo-; mediante la explosión de colores y ritmos –que reflejan las maravillas y la complejidad del Caribe-, Cecilio Colón nos pide que analicemos con inteligencia y honestidad el significado de la Invasión del 1898 y lo que nos ha ocurrido como Isla y como Pueblo durante los últimos 100 años. 

En este grupo de obras –obras bien concebidas, obras construidas con convicción y entusiasmo- vemos cómo un artista logra combinar un mundo estético y plástico –válido y provocador- y unas convicciones personales dignas e inviolables. 

¡Bienvenido Cecilio Colón al coro de voces que definen los ´98 y lo que somos!

Manuel Álvarez Lezama
San Juan, Puerto Rico
1998

En 1995 sus pinturas Orgía inducida y Homo sapiens participan en la muestra del Certamen Nacional de Artes Plásticas del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (MAC).  Años más tarde Homo Sapiens se integra a la colección permanente del MAC.

En 1994 Cecilio recibe Mención de Honor en el Certamen de la Fundación Alfonso Arana, en San Juan, Puerto Rico, por la pintura Subterráneo.

En 1994 Cecilio presenta su muestra individual El encuentro del color y la metáfora, en el Museo Casa Roig de Humacao, Puerto Rico.

Con motivo de la exposición EL ENCUENTRO DEL COLOR Y LA METÁFORA

Cecilio Colón Guzmán: Los espacios íntegros

Cecilio Colón Guzmán es un artista que utiliza la pintura para que entremos en unos espacios donde el color, los símbolos y las figuras se unen para comunicarnos un mensaje crítico sobre el mundo actual.

Este artista es un hombre generoso con la naturaleza y con la sociedad, y su asombro ante nuestro egoísmo feroz y la violencia incontrolable hacia nuestro planeta, nuestra isla y nuestro prójimo se refleja en la temática de su obra actual.

Es interesante que Voltaire no haya escrito ensayos. Su filosofía nos llega a través de otros géneros literarios. En el caso de Cecilio Colón Guzmán sus preocupaciones están expresadas en sus lienzos. Su obra refleja la reacción de un poeta ante lo que nos ocurre después de la Revolución Industrial, y en la presente Revolución de las Comunicaciones, en un mundo que vive al mismo tiempo en el próximo siglo y en la barbarie.

Lyotard habla de un saber narrativo –una verdad que nos llega a través del cuento y sus metáforas– que es tan válido como el saber científico. Cecilio Colón Guzmán es un visionario que quiere (y tiene) que contarnos sus preocupaciones. Uno de los discursos a su disposición, quizás el más agudo, es la pintura –una pintura poderosa y original donde el color, los símbolos, las formas y la posibilidad de la metáfora convierten al público en coautores de unos cuentos necesarios-.

La obra de Cecilio Colón Guzmán siempre se ha caracterizado por ser visualmente compleja y por el peso de su mensaje. En esta exposición, no obstante, vemos una obra más intelectual y más madura. Si antes los protagonistas de sus pinturas eran los colores brillantes y una composición atrevida, ahora el pintor introduce la forma humana para guiarnos en lo que podríamos describir como dramáticos viajes a este presente tan desconcertante.

La pintura actual de Cecilio Colón Guzmán demuestra por un lado una propuesta estética de vanguardia –la integración de diferentes planos visuales, la combinación dramática de colores, el uso indiscriminado de símbolos y formas de todos los tiempos, el hombre como silueta y como ameba, un ritmo orgánico donde el mar y la lava bailan desenfrenadamente, un erotismo dulcemente primitivo, una inocencia todavía sin contaminar– y por otro, el propósito de comunicarnos algunos de los principales problemas que el hombre confronta a finales del segundo milenio de la era cristiana.

En los cuadros que componen esta exposición el color, los signos y las formas parecen apuntar a un mundo irreal y desconocido cuando en verdad nos están señalando un presente complejo y caprichoso donde la injusticia y el dolor muchas veces triunfan sobre la belleza y el bien.

Cecilio Colón Guzmán logra capturar en estos cuadros la venenosa orgía perpetua en que se está viviendo: el constante ultraje a la naturaleza y la destrucción de nuestro ecobalance, la tragedia del SIDA –la gran plaga de nuestro siglo-, el consumismo estúpido en que vive Puerto Rico, la violencia diaria, la explotación de la sexualidad, la terrible pérdida de la inocencia. Cuadros como Orgía InducidaVisitante FortuitoExpulsadosSubterráneoEcosistema 1, la serie titulada Simón-Simón (que incluye tres obras excepcionales que viajaron a la Tercera Bienal Internacional de Pintura de Cuenca, Ecuador en 1991 y que nunca han sido expuestas en Puerto Rico), Acecho Inexorable y Creced y Multiplicaos demuestran que este pintor es un gran cronista de nuestra época.

Esto no quiere decir que la obra de este artista recoja solamente lo trágico. Todo lo contrario. Las pinturas de Cecilio Colón Guzmán también son actos celebratorios donde la naturaleza y el hombre son expuestos dentro de toda su maravilla y con todo su esplendor.

En los provocadores escenarios de Cecilio Colón Guzmán –tan cromáticamente barrocos, tan repletos de claves– se escuchan ecos de artistas como Kandinsky, De Kooning, Miró, Dubuffet, Haring, Hernández Cruz, Carmelo Fontánez, Mendive y Bedia, y pueden ser vistos como hermosas ofrendas postmodernas.

En esta exposición, Cecilio Colón Guzmán, con toda la integridad que lo caracteriza como hombre y como artista, no sólo nos pide que descifremos sus escenarios sino que nos reta a que comencemos a entender lo que está ocurriendo en la tierra para que juntos comencemos a detener parte de la locura.

Manuel Álvarez Lezama
San Juan, Puerto Rico
1994

En 1991 Cecilio participa con la serie de pinturas Simón-Simón, en la Tercera Bienal Internacional de Pintura Latinoamericana, en Cuenca, Ecuador.

En 1990 Cecilio presenta su exposición Pinturas recientes, en Galería Botello de Plaza Las Américas, San Juan, Puerto Rico.

Con motivo de la primera exposición de Cecilio en Galería Botello de Plaza Las Américas

Cecilio Colón Guzmán – Nuevas Pinturas

Desde sus años de estudiante, primero en el Recinto mayagüezano y luego en Río Piedras, de donde se gradúa con honores en el 1981, con una concentración en pintura, Cecilio Colón Guzmán ha recibido reconocimientos y premios por sus dibujos y pinturas.  Entre ellos, tres son del Certamen Mobil, y tres son del Ateneo Puertorriqueño, con dos primeros premios incluidos, uno por cada institución.  Durante los últimos doce años ha exhibido todos los años, colectiva o individualmente, en galerías, centros culturales, el Instituto de Cultura Puertorriqueña y hasta en Nueva York, en la antigua Galería Cayman, ahora transformada en el Museum of Contemporary Hispanic Art.  Por lo tanto, su nombre y su arte le son conocidos a todos los que se toman un interés más allá de lo pasajero en el mundo de las artes.

Pero esta muestra de catorce obras en la Galería Botello de Plaza Las Américas, le ofrece la oportunidad de darse a conocer ante un público más joven y variado del que anteriormente le conocía, y a nosotros, la de ponernos al día en lo que ha estado haciendo durante los últimos dos años.  Para ambos presenta un reto de mirar con detenimiento y no ser engañados por los saturados y brillantes colores que se ofrecen con singular vehemencia de primera intención.

Cecilio siempre se ha identificado con lo que se conoce bajo la designación de arte abstracto que hoy, más que nunca, dice cada vez menos y menos de lo que se está viendo.  Es necesario recordar la trayectoria seguida por este joven artista para mejor entender lo que afirma como compromiso, siempre presente, de una búsqueda de integridad y perseverancia encaminada a articular una plástica disciplinada, no caótica o accidentada, expresiva de profundas preocupaciones de la condición humana y su medioambiente.  La ausencia de la figuración, en su acepción más amplia y vulgarizada, de un arte mimético –sea éste realista, surrealista, simbólico o cualquiera de las infinitas variaciones pasadas o resurgidas en las últimas dos décadas- tal ausencia, no excluye la posibilidad, en obras como las que aquí se nos presentan, de un contenido reflexivo, analítico o crítico de la vivencia existencial.

Hace diez años los Cúmulos, dibujos o acrílicos de fuerte estructuración del plano pictórico en áreas, unas veces geometrizantes y otras de fuerte organización orgánica, advertían de un rigor en el diseño que establecía jerarquías entre los colores y los tonos empleados.  En una medida muy real se convertían en paisajes líricos o expresivos, de fuga o aglutinación de los colores, o los trazos del lápiz sobre la superficie del lienzo o el papel.  La dialéctica entre los trazos gestuales y los rectángulos o cubos cerebrales, que se apropiaban un rol intelectualizante, afirmaba un drama entre los sentimientos y el pensamiento.

Para mediados de la década, la presencia humana, anticipada por unos frágiles cordones que flotaban sobre las pinturas, se materializa espectralmente para tomar posesión de los paisajes deshabitados que le habían precedido.  Tal obra le ganó el primer premio de dibujo del Ateneo Puertorriqueño en el 1985, y una mención honorífica en pintura en ese mismo certamen.  Conjuntamente a este desarrollo se marca el interés por unos matices más saturados que juegan con la oscilación de espacios, de áreas positivas y negativas, que rompen la tiranía del plano, y obligan al espectador a conjugar el diseño planimétrico con un ilusionismo abstracto colorista y tonal.

En la presente exhibición, Paisaje 90Los miopes ambientalistas, y En la vida todo es ir, parecen culminar en una orgía de color y movimiento la trayectoria iniciada hace más de una década.  Mucho más libres en su organización, estos lienzos interpretan la mancha controlada, con sus chorreados y vertientes, y sus estridentes colores, con la misma pasión y alarde que se dio en los ‘fauves’ y los expresionistas de principio de siglo.  El ChupadiezmosSimón-Simón, y Los del Cobalto, delatan el latente interés en una figuración altamente estilizada y en el comentario social, y hasta lo autobiográfico (Personaje de mi Eco-Sistema), siempre latente en la abstracción ideogramática de Cecilio Colón.

Entre las montañas, las selvas, los rascacielos y los espacios de fantasía y color de este artista oriundo de Barranquitas, se oye un grito de alerta para detener el deterioro humano y ecológico que amenaza con destruir nuestra civilización.  Contrapuestos El Pan Nuestro de Cada Día y Huellas de Esperanza, la violencia y la resolución humana de detenerla, nos indican los polos artísticos y personales de Cecilio Colón Guzmán, que tan elocuentemente articulados quedan en esta exhibición.

Enrique García Gutiérrez
Septiembre 1990