LA ARQUEOLOGÍA PROFÉTICA DE CECILIO COLÓN GUZMÁN


Por: Ángel Darío Carrero*

¡Aquí! ¡Qué luz tan extraña!

Quien hace luz es un dios.


Juan Antonio Corretjer



“Arqueología profética”, del artista puertorriqueño Cecilio Colón Guzmán, adquiere el título de un poema inédito del escritor Ángel Darío Carrero, que también abre paso a la exhibición que nos convoca en el Museo de Arte de Bayamón.



todo

lo creado

por el ser humano

a poco

que se pose

en la vitrina

de la noche

y

se derrame

la mínima luz

del foco del tiempo

            se revelará crucificado

también

este

poema

y

todo

lo que el ser humano

no ha creado



___________________

El poema forma parte del libro en proceso, En espera del resto.




Colón, discípulo de Carmelo Fontánez, Lope Max Díaz, Susana Herrero, Luis Hernández Cruz y Luisa Géigel, se acerca a la cruz como motivo fundamentalmente secular, pues no pretende, como dicta la tradición, escalar las estaciones que ejemplifican la humanidad del Cristo, sino dar expresión gestual, delicadamente libre y desenfadada, a los múltiples crucificados que pueblan la historia, subrayando el destino trágico que hemos brindado a la naturaleza.


Podría llamarse una exhibición religiosa en este sentido marcadamente inmanente, que muestra a los seres humanos y al cosmos re-ligados por el dolor, la explotación, la manipulación ambiental, las guerras, la desigualdad, el colonialismo, el fanatismo y otros infortunios nuestros; y no tanto por remitirse, al menos primariamente,  a un destino trascendente, escatológico, ni siquiera ideológicamente (¿unívocamente?) utópico. Colón adopta, para ello, no la figuración engañosa, sino la negatividad abstracta como forma del discurso.


Pero no hay que arribar a falsas conclusiones. Estamos ante un artista absolutamente “engagé”, en la cada vez más rara coherencia, que funde, en un mismo movimiento, palabra y acción solidaria. Lo escuchamos desbordado en forma de canción rimada, siempre a la búsqueda de un otro sensible: “Mi canción sagrada/no se desvanece;/siempre crece y crece /reclamando altura, /buscando la anchura/del que se estremece”.


No somos, pues, testigos de una cruzada existencialista contra los códigos de la esperanza, sino de una pedagogía profética que asume críticamente –con esa madurez que brindan años de meditación a contracorriente en la faena del arte y de la vida– lo que es condición sine qua non de la misma: aceptar la realidad, cargar la cruz, la torcedura subyacente a tantas realidades disimuladas en los eufemismos neoliberales de la actualidad; como si se quisiera, así, enmarcar la verticalidad y horizontalidad de nuevos destinos a la altura y dignidad de lo humano. El artista nos dibuja con sencillez estos afanes interiores: “Mi canción conjura/lo que lleva adentro,/zumbando en el templo/de los que respiran/ráfagas candentes/de sueños de vida”.


Ya intuimos en qué sentido esta exhibición es arqueológica. No porque recoja los restos del tiempo muerto, sino porque desenmascara una realidad radicalmente honda que todavía puja por vivir, más allá de los límites divisados por todos. El artista barranquiteño rechaza visceralmente la resignación ante el declarado (¿interesado?) fin de la historia y de la naturaleza. Opta, obtusamente, por un nuevo despertar de nuestra connatural responsabilidad ético-estética.


Del mismo modo, la muestra es paradójicamente profética, pues no se sitúa de cara a una larga promesa de futuro: postula tan solo un presente en el que se yergue una pequeña antorcha de luz en nuestras manos temporales. Colón, en su provocador Gólgota de cruces inconmensurables, parece decirnos que no hay espacio en el escenario del cataclismo generalizado ni para la espera pasiva ni para la indiferencia inconsciente, mucho menos para la imbecilidad: la gota culminante lleva tiempo culminada.


En la línea de los expresionistas abstractos de la Escuela de Nueva York (Barnett Newman, Jackson Pollock, Clyfford Still, Mark Rothko) el pintor se auto-comprende aquí como un arqueólogo que indaga en las profundidades de la historia, mendigando esa antorcha de luz que nos permita avanzar proféticamente a través de la nocturnidad de nuestro propio tiempo.


Los Cristos de aire surrealista que Colón había pintado en 2005, llamativamente, han desaparecido del paisaje multicolor. Quedan solos y al descubierto los polípticos cruciformes como huellas abstractas en las que la humanidad y el cosmos se hermanan en un inédito caos de explosión poética. Lejos de clausurar el horizonte, estas huellas prefiguran universos inexplorados que laten a la espera, no de otro manido metarrelato, sino de la mirada develadora de cada espectador en su hazaña intransferible.


Los atinados títulos de las obras (Plano etéreo, Surco de nubes, Noche grávida, Doble juego, doble hazaña, Estrategia del milagro, Verde querer, Tercer descendiente, Una gota culminante, Demente claro…) brindan gran belleza y coherencia a la exhibición por la unidad interna que los imbrica y por su carácter quintaesenciado, apenas susurrante, tan lejos del tono costumbrista, coloquial o explícitamente socio-político de los planteamientos artísticos anteriores de Colón, que no siempre hacían justicia a su inquietante trabajo. De todos modos, la cruz no es el areópago propicio de los discursos, sino del silencio y de las palabras que brotan, destiladas, de esa íntima conexión, como testamento profético. Los títulos sugerentes, y no abusivamente explicativos, confirman la complicidad con el protagonista e intérprete último de la exhibición, que no es el artista ni su obra ni el albergue museográfico, sino el espectador anónimo, silente y peregrino. Colón parece adoptar aquella olvidada consigna de Joseph Beuys: “cada hombre (persona) es un artista”.


No hay que olvidar que Colón ha necesitado de una extrema concentración durante una década en su taller de Gurabo, situado en las inmediaciones de una finca labrada por él mismo, por su esposa y por sus hijos. Allí ha fraguado canciones con sabor a tierra y sueño y este conjunto de obras de largo aliento, al margen del ruido, de la prisa y del no menos cacareante mercado del arte. Allí se ha mantenido a la espera de una Hora propicia, no regida por el cronos monótono y predecible, sino por el kairós de un sentido esencial que le ha salido, finalmente, al encuentro.


Novedosa y arriesgada, formal y temáticamente, la presente propuesta visual mantiene intacta “la calidad técnica expresada en la terminación de las superficies” que ya había destacado Elizam Escobar (2001). Es evidente que hay un envolvimiento pleno, físico y emocional, desde los más ínfimos detalles: el artista mismo viste de tela los bastidores de madera; cubre de yeso cada poro de la misma para alcanzar una textura pretendidamente lisa; selecciona un color base que sirve tanto para uniformar como para dar la bienvenida “al azar en el accidente controlado” (que es como define su método instintivo de creación); finalmente, luego de un proceso errático e intenso, cuidadoso y detallista en el que intervienen la espátula, la brocha, el pincel y el rociador de agua, aplica cuidadosamente barniz, no solo para fijar, sino con la deliberada intención de uniformizar los brillos de los pigmentos. Tan solo este acercamiento, del todo somero, permite distinguir a Cecilio entre tantos artistas de la improvisación, pues él sí sabe que esta modalidad necesita del rigor ascético, de la disciplina, como condición de posibilidad. Es el viejo adagio teológico visto en acto: la gracia supone la naturaleza, también la gracia poética.


Esta exhibición da noticia de un artista reconciliado con la estructura de su propio método desestructurador: “Cada pieza es una aventura, un reto y una experiencia de experimentación, búsqueda y aprendizaje en el medio, el oficio y el concepto. Con los años uno va aprendiendo a conversar con la pintura, con el soporte, con las brochas y las espátulas; y aprende a reconocer signos y estructuras de un lenguaje personal y colectivo que facilita el entendimiento y la expresión. Esos signos y estructuras los voy observando, a veces por horas y hasta por días, y voy descifrando formas, siluetas y espacios que quedarán cual se formaron en el gesto original, o serán pronunciados, tapados, alterados o transformados durante un seguimiento de muchas horas de trabajo, posiblemente de múltiples capas de pintura, veladuras y transparencias. Entonces el caos original va tomando forma más definida, va evolucionando hasta un punto indeterminado, que viene dado a estar listo cuando quiera”.


Colón, como era de esperar, no está solo en su osadía. Las catorce obras formadas por múltiples canvas ensamblados en forma de cruz, remiten a las exploraciones al mismo símbolo de parte de un Joseph Beuys (Kreuz, Tate, National Galleries of Scottland), Antoni Tàpies (Cruz y tierra, Colección del artista), Eduardo Chillida, (Altar de la Cruz, Iglesia San Pedro en Colonia) o Barnett Neumann (The Stations of the Cross: Lema Sabachthani, National Gallery of Art, Washington). De modo simbólico, nos remite también, aunque en tamaño modesto y total colorido, a las catorce obras monocromáticas de gran formato de la Capilla no confesional de Mark Rothko en Houston, Texas.  En Puerto Rico lo que más se adelanta a esta tesitura artística es la magnífica Galería de las tierras (Kennedy Center, Washington) de Jaime Suárez. Decantados por las aventuras inclasificables de la abstracción, lejos de toda filiación institucional explícita, estos artistas afirman la pertinencia de sus obras en el desarrollo de una estética contemplativa contemporánea que, lejos del intimismo escapista o de la prédica embrutecedora, necesita enfrentarse de tú a tú con el espesor de la noche o con el escándalo histórico de la cruz, tanto personal como colectiva, como fuente de humanización y trascendencia.


En lo que seguramente es la exhibición más trascendental de la trayectoria de Cecilio Colón Guzmán, el artista, el agricultor y el cantor se han unido para abrir pacientemente el surco histórico como camino develador de la solapada degradación de la humanidad y del cosmos. Pero el artista viene de vuelta de los avatares epocales: no cae en la trampa del discurso programado del desencanto. Desde un sano realismo, sorprende a cada espectador dejándole insinuado -vocación seductora y no directiva del arte- el registro múltiple y seminal que puede tener, todavía hoy, el canto silenciado de la utopía.




BIBLIOGRAFÍA SUCINTA



Carrero, A.D., “Espejo de la poesía”, en Perseguido por la luz, Ed. Trotta, Madrid 2008.

Chillida, E., Escritos, Ed. La Fábrica, Madrid 2005.

Golding, J., Caminos a lo absoluto: Mondrian, Malévich, Kandinsky, Pollock, Newman, Rothko y Still, Ed. FCE, México 2003.

Gooding, M., Abstract Art, Tate Publishing, Londres 2000.

Kandinsky, V., Concerning the Spiritual in Art, MFA Publications, Nueva York 2001.

Liessmann, K.P., Filosofía del arte moderno, Ed. Herder, Barcelona 2006.

Lipsey, R., The Spiritual in the Twentieth Century Art, Dover Publications, Nueva York 1988.

Mennekes, F., Joseph Beuys: Pensar Cristo, Ed. Herder, Barcelona 1997.

Rothko, M., Escritos sobre arte (1934-1969), Ed. Paidós, Barcelona 2007.

Tàpies, A., Arte y contemplación interior, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid 1990.

Vega, A., Zen, mística  y abstracción: ensayo sobre el nihilismo religioso, Ed. Trotta, Madrid 2001.



___________________


*Ángel Darío Carrero estudió teología sistemática, filosofía contemporánea y lenguas modernas en México, España y Alemania. Profesor universitario, periodista, guionista, crítico de arte, líder comunitario y uno de los más destacados escritores de la generación del 80 del Caribe contemporáneo. Ha publicado en la prestigiosa editorial española Trotta los libros Llama del agua (2001), Perseguido por la luz (2008) e Inquietud de la huella. Las monedas místicas de Angelus Silesius (2013). Es autor de la edición crítica del clásico puertorriqueño Canto de la locura de Francisco Matos Paoli (2005). Fue antólogo, junto a Mayra Santos-Febres, de la colección de relatos En el ojo del huracán (2012). Editó y forma parte del libro País nuestro. Crónicas puertorriqueñas de actualidad (2013), junto a los escritores Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega, Mayra Montero, Magali García Ramis y Edgardo Rodríguez Juliá. Como periodista fue galardonado en 2008 con el Premio Bolívar Pagán del Instituto de Literatura Puertorriqueña por sus entrevistas a figuras del ámbito cultural internacional, tales como José Saramago, Álvaro Mutis, Jane Goodall, Gustavo Gutiérrez, Rigoberta Menchú y Derek Walcott. La artista del libro Consuelo Gotay publicó Para que sepas (2012), con grabados inspirados en su obra poética. Su obra ensayística y poética ha sido publicada en parte al inglés, griego, holandés, alemán, francés e italiano. En 2012 la Feria de Guadalajara lo invitó a participar de Latinoamérica Viva, que convoca a los escritores más destacados del Continente. Actualmente es el presidente de la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña y presidente de la Comisión para el Desarrollo Cultural de Puerto Rico.