ARQUEOLOGÍA PROFÉTICA


Por: Ángel Darío Carrero


Escritor


El Nuevo Día, Columnas, 12 abril 2014



El artista puertorriqueño Cecilio Colón Guzmán sorprende, luego de diez años de silencio, con una inquietante exposición en el Museo de Arte de Bayamón. Que coincida con la Cuaresma no puede ser más afortunado, pues lejos de una presentación tristemente repetitiva de la tradición, el artista asume la vocación actualizadora tanto del arte como de la fe.


Colón, discípulo de Carmelo Fontánez, Lope Max Díaz, Susana Herrero y Luis Hernández Cruz, se acercará a la cruz como motivo fundamentalmente secular, pues no pretende, como dicta la tradición, escalar las estaciones que ejemplifican la humanidad del Cristo, sino ir más allá: dar expresión gestual, delicadamente libre y desenfadada, a los múltiples crucificados que pueblan la historia, subrayando el destino trágico que hemos brindado a la naturaleza.


Podría llamarse una exhibición religiosa en este sentido que muestra a los seres humanos y al cosmos re-ligados por el dolor, la explotación, la manipulación ambiental, las guerras, la desigualdad, el colonialismo, el fanatismo y otros infortunios nuestros. Colón adopta, para ello, no la figuración engañosa, sino la negatividad abstracta como forma del discurso.


Pero no hay que arribar a falsas conclusiones. Estamos ante un artista absolutamente comprometido, en la cada vez más rara coherencia, que funde, en un mismo movimiento, palabra y acción solidaria. No somos, pues, testigos de una cruzada existencialista contra los códigos de la esperanza, sino de una pedagogía profética que asume críticamente lo que es condición de la misma: aceptar la realidad, cargar la cruz, la torcedura subyacente a tantas realidades disimuladas en los eufemismos neoliberales de la actualidad; como si se quisiera, así, enmarcar la verticalidad y horizontalidad de nuevos destinos a la altura y dignidad de lo humano.


Ya intuimos en qué sentido esta exhibición es arqueológica. No porque recoja los restos del tiempo muerto, sino porque desenmascara una realidad radicalmente honda que todavía puja por vivir. El artista barranquiteño rechaza visceralmente la resignación ante el declarado fin de la historia. Opta, obtusamente, por un nuevo despertar de nuestra connatural responsabilidad ético-estética.


Del mismo modo, la muestra es paradójicamente profética, pues no se sitúa de cara a una larga promesa de futuro: postula tan solo un presente en el que se yergue una pequeña antorcha de luz en nuestras manos temporales. En su provocador Gólgota de cruces inconmensurables, el artista parece decirnos que no hay espacio en el escenario del cataclismo generalizado ni para la espera pasiva ni para la indiferencia inconsciente, mucho menos para la imbecilidad: la gota culminante lleva tiempo culminada.


El pintor se auto-comprende aquí como un arqueólogo que indaga en las profundidades de la historia, mendigando esa antorcha de luz que nos permita avanzar proféticamente a través de la nocturnidad de nuestro propio tiempo.


Los Cristos de aire surrealista que Colón había pintado en 2005, llamativamente, han desaparecido del paisaje multicolor. Quedan solos y al descubierto los polípticos cruciformes como huellas abstractas en las que la Humanidad y el cosmos se hermanan en un inédito caos de explosión poética. Lejos de clausurar el horizonte, estas huellas prefiguran universos inexplorados que laten a la espera de la mirada develadora de cada espectador en su hazaña intransferible.


Los títulos de las obras (Surco de nubes, Noche grávida, Doble juego, doble hazaña, Estrategia del milagro, Verde querer, Una gota culminante, Demente claro…) brindan gran belleza a la exhibición por la unidad interna que los imbrica y por su carácter quintaesenciado, apenas susurrante, tan lejos del tono coloquial o explícitamente socio-político de los planteamientos artísticos anteriores de Colón. De todos modos, la cruz no es el areópago propicio de los discursos, sino del silencio y de las palabras que brotan, destiladas, de esa íntima conexión, como testamento profético.



Las catorce obras formadas por múltiples “canvas” ensamblados en forma de cruz, remiten a las exploraciones al mismo símbolo de parte de Joseph Beuys, Antoni Tàpies, Eduardo Chillida o de un Barnett Neumann en sus famosas Estaciones de la cruz: Lema Sabachthani.


De modo simbólico, nos hacen pensar, igualmente, en las catorce obras monocromáticas de la capilla no confesional de Mark Rothko en Houston.  En Puerto Rico lo que más se adelanta a esta tesitura artística es la magnífica Galería de las tierras de Jaime Suárez.


Decantados por las aventuras inclasificables de la abstracción, lejos de toda filiación institucional explícita, todos estos artistas afirman la pertinencia de sus obras en el desarrollo de una estética contemplativa contemporánea que, lejos del intimismo escapista o de la prédica social embrutecedora, necesita enfrentarse de tú a tú con el escándalo histórico de la cruz, tanto personal como colectiva, como fuente de humanización y trascendencia.


El artista, el agricultor y el cantor se han unido en esta exhibición para abrir el surco histórico como camino develador de la solapada degradación de la humanidad y de la naturaleza. Pero el artista viene de vuelta de los avatares epocales: no cae en la trampa del discurso programado del desencanto. Sorprende a cada espectador dejándole insinuado -vocación seductora y no directiva del arte- el registro múltiple y seminal que puede tener, todavía hoy, el canto silenciado de la utopía.

Cecilio y Ángel Darío