La nueva pintura de Cecilio Colón Guzmán


Luego de guiar durante una hora en el tapón mañanero desde Gurabo a Hato Rey, llega a la compañía de procesamiento de datos de la que ha sido empleado durante los últimos 20 años.  Cuando salió esa madrugada de su casa, enclavada en la cima de un monte que él mismo reforestó, la neblina cubría el valle del pueblo, todavía poblado de luces.  Lo imagino sereno, como siempre lo he conocido. Entra a la oficina, saluda atento y generoso a cada uno de sus compañeros de trabajo y se sienta a laborar en su jornada de ocho horas frente a la computadora, como Analista de Información.  En su pequeño cubículo, uno entre treinta y ocho que ocupan el piso, todo es simple y austero.  Pegada a la pared, una imagen a color impresa en una postal, brilla como una paradoja. Es una reproducción del paisaje La Hacienda Aurora del maestro Francisco Oller.



Les hablo del reconocido pintor puertorriqueño Cecilio Colón Guzmán y esa postal que lo acompaña como un amuleto protector en sus horas de trabajo de oficina, nos da la clave para analizar su nueva exposición de pintura en la Galería Botello titulada, Me vuelvo a mi monte.


En la escuela superior, el joven Cecilio pintaba de forma autodidacta paisajes y escenas costumbristas de contenido social.  Sin embargo, desde sus años universitarios Cecilio se dedicó con pasión a cultivar la abstracción en su pintura.  Formado por los maestros puertorriqueños Carmelo Fontánez, Lope Max Díaz, Luis Hernández Cruz, Susana Herrero y Luisa Géigel, fue Fontánez y su particular manera de abordar la pintura y el paisaje, quien marcó decisivamente la obra temprana de Cecilio Colón.  Muy pronto Cecilio se individualiza como pintor y comienza a recibir premios y reconocimientos por su excelente trabajo.  Como fiel seguidor de la tradición abstraccionista, su atención se enfoca en los elementos formales de la pintura, principalmente en el color, el cual maneja con originalidad y maestría.  Por ello forma parte del relevo generacional de coloristas puertorriqueños que inaugura Don Félix Bonilla Norat con su cátedra de teoría del color y que continúa con la labor pedagógica de algunos de sus alumnos, entre ellos Fontánez.  A esto se le añade su afición por el chorreado, el salpicado y el accidente controlado, que acerca su pintura al territorio del action painting y el expresionismo abstracto estadounidense.


Con el tiempo las abstracciones de Colón se fueron complicando.  Sus composiciones se cargaron con los más diversos elementos formales, llegando a un barroquismo dinámico, por momentos caótico y marcado por un frenesí urbano.  No obstante, la obra de este pintor se resiste a las etiquetas estilísticas.  Su amor por la abstracción no le impidió usar ocasionalmente algún componente figurativo, especialmente en su última exhibición Del Uranio y Otras Sustancias, en la que insertó sus preocupaciones ambientalistas y sociales.  Esa tendencia se consolida en su pintura actual, donde la figuración paisajista se manifiesta con la fuerza de la sencillez, pues el estudio del paisaje al natural lo lleva a simplificar sus composiciones.  En esta muestra, Cecilio Colón se entrega con decisión a explorar las dramatizaciones propias del realismo.  En lugar de seres humanos, sus personajes dramáticos son la ola, el mar, la montaña, las nubes, la luz, la aurora, el ocaso o el amenazante “chaff”.  La intensidad teatral de estos paisajes es lograda por la sabia utilización de los altos contrastes y la elegante síntesis de las formas.  En Ola Nocturna, una de las mejores piezas de la muestra, una ola blanca irrumpe en un oscuro mar en una noche cargada de misterio y de poesía.  Su dibujo es realista y preciso, pero carente de la retórica representativa que lo acercaría a la estampa comercial.  Lo mismo sucede en Amanece: un verdadero poema cromático.  Aquí, los colores fríos y calientes del cielo, delicadamente sobrepuestos, contrastan con audacia con la silueta violeta, naranja y amarilla de la montaña.  En las pinturas tituladas Chaff y Cuidado con las Nubes, reaparece la denuncia ecológica, esta vez representada por nubes de extraño aspecto que cruzan amenazantes por cielos bellamente pintados.  Éstas, a su vez, le sirven de vehículo para introducir en el paisaje parte de su vocabulario abstracto.  De hecho, hay mucha continuidad entre la pintura anterior y la nueva, sobre todo en la inteligencia de su color y en la simplificación e intercalación de las formas como en un rompecabezas.  Aun dentro de su aventura figurativista, este pintor antillano continúa siendo esencialmente abstracto. De esta manera, participa de las últimas tendencias posmodernistas, que permiten al artista apropiarse de diferentes estilos y medios para emplearlos como mejor entienda en su obra artística.


Cecilio nos habla extensamente sobre su búsqueda plástica y conceptual, sobre sus aspiraciones y metas como artista y ser humano, y sobre su doble vida como empleado de computación y pintor. Nos confía su esperanza de que la figuración ponga a su obra y a sus ideas, en contacto con un público más amplio. Con esa intención en mente, sumada a la incorporación del realismo y de los temas sociales en su pintura, Cecilio Colón Guzmán se une a la larga tradición pictórica puertorriqueña de compromiso social, iniciada por Francisco Oller y continuada con honra por los maestros de la década del cincuenta.


Impreso en una postal, el paisaje de La Hacienda Aurora del maestro Oller, resplandece como un pequeño cirio en un cubículo de una oficina en Hato Rey.  Junto a él, un hombre que mira un computador, imagina los paisajes, las formas y los colores de su tierra, sin siquiera percatarse de las interminables columnas de información que pasan parpadeando por la pantalla de cristal.

 

Rafael Trelles

Febrero, 2003

Ola nocturna