Abstracciones sobresalientes


martes, 25 de marzo de 2003


Por Manuel Álvarez Lezama


Especial - El Nuevo Día

 


La producción de la buena abstracción está muy viva en Puerto Rico. Lo que comenzara Julio Rosado del Valle, y luego convirtiera y desarrollara en discurso vanguardista Luis Hernández Cruz (el decano de nuestra abstracción), sigue tomando fuertes, provocadoras y atractivas rutas en nuestro país. Prueba clara de esto es que recientemente hemos tenido una serie de sobresalientes exposiciones donde artistas de distintas generaciones se han distinguido enormemente.

 

Mientras Hernández Cruz continúa con sus preciosos y místicos mares, mientras Rosado del Valle continúa con sus flores y animales, mientras Julio Suárez sigue experimentando dentro de un minimalismo exquisito, mientras Ramón Berríos continúa desarrollando su poderoso discurso tridimensional en piedra (que ahora incluye luz), mientras Bernardo Hogan nos sigue maravillando con sus dioses postmodernos, otro grupo de artistas nos sorprende con la calidad y la originalidad de su trabajo.

 

Recientes exposiciones, como la de "los paisajes" de Marta Lahens, en la Galería La Pintadera, (en la que la artista nos transporta a unas topografías donde la paz y el misterio nos invitan a protagonizar un viaje a la soledad y a la comunión verdadera); como los abstractos puros de Carlos Dávila Reinaldi, en la Galería Petrus (donde el artista nos recuerda que puede seguir siendo tan libre como siempre lo ha sido), o como los extraordinarios dibujos minimalistas que José Morales expusiera en el MAPR, nos enorgullecen como país donde la abstracción no tiene límites, reinventándose en cada momento.

 

Tres exposiciones recientes deben ser discutidas. Se trata de los hermosos "paisajes" de Cecilio Colón Guzmán (en Botello, bajo el titulo de Me vuelvo a mi monte). Se trata de los fascinantes "universos" de Mariestella Colón Astacio (Ficciones y periferias en el Museo de las Américas). Y se trata de los divertidos y profundos "espacios geométricos" de José Antonio Vargas (en la Galería Raíces, expuestos bajo el titulo de La poética del espacio).

 

Cecilio Colón Guzmán (Barranquitas, 1959) ha sido siempre un artista de gran talento y verdadero profesionalismo. El discurso estético que ha venido desarrollando por muchos años ya -composiciones abstractas en las que lo orgánico, carnavalesco y pop ha sido siempre respetado, pero no ha logrado ser aceptado abiertamente por muchos- (aunque a este crítico le encantan los misterios de sus antiguas composiciones). Con esta exposición y desde una madurez y honestidad reales, Colón Guzmán entra en una nueva etapa: más suave, atractiva, más bella. Sus nuevas composiciones pueden ser vistas como hermosos paisajes llenos de la magia y el lirismo que definen las bellezas de Puerto Rico. Sus mares, valles y montañas son sueños que nos recuerdan que afortunadamente nos quedan muchos de estos regalos visuales.

 

Por su parte, Mariestella Colón Astacio (Hato Rey, l960), que nos ha asombrado y seducido con la frescura y las profundidades de su sintaxis estética, ha vuelto a entusiasmarnos con su nueva y generosa (debió haber sido mejor editada) exposición (auspiciada por la Galería Pamil). La artista vuelve a invitarnos a sus planetas, topografías, poemas, definidos por un lirismo orgánico muy suyo. Sus composiciones, que se pueden ver como planetas o encajes postmodernos, nos obligan a reaccionar. En estas nuevas obras, más complejas, barrocas y profundas, Colón Astacio nos hace claro que su propuesta estética está madurando con gran efectividad, y que sus espacios son cada vez más mágicos.

 

José Antonio Vargas sigue enamorado del azul. Y ha tenido la honestidad y la valentía de continuar desarrollando un discurso a veces paródico, a veces brillantemente creativo, a veces demasiado retante. En su nueva muestra en la Galería Raíces vemos a un intelectual que dialoga con Leonardo, con Descartes. Para el artista el espacio, el color, las comuniones son metáforas de nuestro paso por este mundo que cambia brutalmente de día en día.

Desde El Yunque