El color y la abstracción


Cecilio Colón es un artista de fuerte personalidad propia,

que enmarca sus mordaces comentarios en pinturas

que son verdaderas experiencias visuales.


Por Enrique García Gutiérrez





















Un tríptico que lleva por nombre Hipnotizada ofrece una clave para entender y apreciar lo que se nos ofrece en las ocho obras de la presente exhibición de Cecilio Colón Guzmán, Somos, en la Galería Botello de Hato Rey.  El panel de la izquierda es representativo de su obra abstracta, que durante largos años ha proyectado una atrevida dinámica de brillante colorismo saturado, aplicado en trazos y esquemas formales que sugieren una inminente eclosión, o inicio de vida, un “big bang” que anticipa el orden y las jerarquías que siguen al caos originario.  Separado por un estrecho panel de madera en el que se encuentran incrustadas diez monedas de diez centavos americanos, cuidadosamente colocadas para que se lea, horizontalmente, la palabra Liberty, sigue otro diseño abstracto, pero en este caso depurado de los matices primarios y secundarios del anterior, limitándose a tonalidades neutrales, areniscas y verde-gris, sobre las que se destaca un diseño lineal de movido y calculado contorno.  Y en el tercer y último lienzo del tríptico (en realidad enmarcado como una sola pieza), aparece la que da el nombre a la pieza, un busto de mujer en estricto perfil y actitud de Hipnotizada.


Un corto texto, unos cuatro párrafos escritos por el artista, que lleva el título de la muestra, Somos, está incluido como hoja suelta en el opúsculo que funge como catálogo (con presentación de Manuel Álvarez Lezama).  En lo que claramente tiene la intención de ser exégesis y enigma declarado, en forma simultánea, de las ocho obras presentadas (todos sus títulos entretejidos en el texto), Colón Guzmán comienza en actitud reflexiva preguntándose la finalidad de su arte y saber, y termina afirmando en forma  exclamatoria: “¡Es que lo nuestro no muere... somos la excepción del siglo!”


Al comentar sobre la obra descrita se expresa de la siguiente manera: “Consciente está (el individuo) de que su pueblo es invadido –no desde hace cien años, sino desde hace más de quinientos–.  Ve cómo entregan la libertad y la vida las mentes hipnotizadas, al que les tira monedas –menudas– hurtando un siglo”.  Si algunos de los que visitaron ya la muestra han pensado en el maestro Carlos Raquel Rivera y en su grabado Huracán del Norte, y en la figura de la muerte que sobrevuela los arrabales desparramando monedas que se salen del bolso en su mano derecha, habrán podido apreciar el largo linaje del pensamiento de Colón Guzmán que se encierra en esta novísima interpretación del problema del coloniaje puertorriqueño.  La grotesca caricaturización de una mujer, que mira pero no ve, fija sus ojos en una lluvia de signos-palmas de coco invertidas.  El mordaz comentario, sin embargo, está ahora supeditado a una obra de compleja tramoya colorística y de ensamblaje, propia del arte de fin de siglo, y su rica fábrica de texturas, repetición de minúsculos motivos figurados, enfático trazo gestual, y dibujo lineal o de separación de áreas coloreadas que genera fuertes contornos, no deja lugar a duda sobre el papel protagónico de la pintura como experiencia visual, más que de una narrativa o comentario socio-político, como argumento persuasivo.  De ahí, quizás, la necesidad de complicidad del texto escrito.


La obra de Cecilio Colón es la de un artista de fuerte personalidad propia; la conozco a partir de sus primeras pinturas y dibujos en sus años de estudiante en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (se gradúa en 1981).  Desde entonces se distinguió por un meticuloso proceso de factura y diseño, en el que con frecuencia destacaba la destreza de su mano en exquisitas grabaciones de tonos de lápiz, que engendraban planos estructurales que proyectaban un escenario metafísico.  Su entrega al color y a la abstracción, por largos años, le han llevado a desarrollar un estilo que organiza complejos esquemas estructurales en la superficie del lienzo, pero sin sacrificar los efectos espaciales, que, más que tridimensionales, son de carácter sideral. Quieren llevarme, obra en la que una figura en la parte superior del lienzo agarra la cabeza del artista, que lleva la estrella de la bandera puertorriqueña incrustada en su frente, presenta tanto una brillante síntesis de los espacios metafísicos como de su logrado manierismo.  Aunque de manera muy distinta, en cuanto al estilo se refiere, esta pintura comparte conceptual e iconográficamente el animus de la obra de su contemporáneo Arnaldo Roche Rabell.  Este último llevó al lienzo varias imágenes análogas, entre ellas ¡Me llevan!, en la que otra persona había agarrado la cabeza de Roche y huía a toda prisa con ella.


El recurso de la imagen caricaturesca y en específico del retrato y del autorretrato (su esposa e hijos, ¡quienes no le pueden meter pleito!, son los modelos que le acompañan en los lienzos), ponen de relieve no sólo el vuelco sobre la figuración, vis a vis la abstracción, sino, también, la aproximación enfática a un lenguaje mucho más comunicativo.  Pues si bien es cierto que en lienzos de exhibiciones anteriores podía aparecer alguna figuración (i.e. El Chupadiezmos), ésta tenía un rol accidental o claramente secundario.  Todas las obras de esta muestra tienen como parte integral o principal el uso del retrato y del autorretrato y todas hacen un comentario de afirmación personal o nacional que las identifica como íntimas en lo familiar y su particular preocupación ante el problema de la identidad. No creo necesario recordar que estamos en el 1998.


Tres de sus autorretratos dan una idea de la gama expresiva que conlleva este giro iconográfico, a la vez que ilustran cambios significativos en su forma de pintar.  Todos son identificados como medio mixto, referencia a las estacas y clavos que enmarcan la pintura y que se integran como ensamblaje significativo, pues son clara alusión a un proceso de victimación de los representados. ¿En qué estamos pensando?, y Pensaba en aquel bosque, hacen una referencia más generalizada al artista que en Sigo pelú y barbú, en la que la representación gana terreno sobre la caracterización generalizada (todas son de 1996).


El pensamiento de la primera tiene que referirse tanto al rol de conciencia socio-política que aparece con frecuencia en su pintura, pero también, y con particular énfasis a la apariencia de figuración autorreferencia que se inicia en él.  Su faz se empieza a materializar sobre el lienzo aunque el efecto de abstracción se apodera de casi toda la superficie de la pintura.  La preocupación ecológica que ha inspirado muchas de sus obras anteriores le lleva a presentarse en una imagen que recuerda al Cristo coronado de espinas, quien después de todo murió clavado a unos maderos.


Pero la referencia a su triunfo al conservar su barba y pelo largo, en contra de fuertes presiones que se ejercieron para que los eliminara, como condición de trabajo en la empresa privada, se convierte en un grito de batalla, y de eventual victoria, contra el conformismo y la invasión personal pretendida por la mediocridad institucionalizada de la clase media dominante.  Al incluir una rasuradota eléctrica inservible como motivo encontrado, que cuelga cual ahorcado al margen de la pintura, Colón ha añadido un toque de humor negro a la obra.  En Sigo pelú y barbú el tono desafiante se robustece al ser el más mimético de los autorretratos, haciendo la autorreferencia inequívoca, pero también pictóricamente seductora por los fuertes contrastes de figuración fantástica y real que se yuxtaponen en las dos mitades de su cara, y el brillante cromatismo de rojos y anaranjados que complementa con sabios toques de verdes tonalidades liláceas. De Sangre nueva-indestructible (sirvió de modelo uno de los dos hijos), escribe Cecilio, “Firme cual roble se esmera y del cometa recibe la herencia que ya atesora.  Aprendió de nueva trova, de salsa clásica y buena.  Con el violín le arremete a Mozart, Chopin y Mazas.  De Dave Matthews también suena y aprecia su calidad.  De cuatro, güiro y guitarra sabe formar la parranda, y de nuestra bomba y plena al pandero saca el ritmo”.  No sólo nos explica muchos de los motivos figurativos presentes en esta fuerte imagen de sonrisa socarrona, de afirmación y juventud, sino también revela la esperanza de un futuro, variado y ecléctico, pero de raíces propias muy profundas.


El motivo principal que enlaza tan diversas imágenes es la resistencia a la asimilación o a la dominación por el extranjero, y no falta el comentario de la lengua.  En un singular paisaje abstracto que incluye una Ñ y un pequeño autorretrato, Sin Ñ no hay puño,  Cecilio Colón se une a las voces que claman por la preservación de lo propio en el ámbito personal y nacional, sobre todo, por nuestra lengua y nuestras costumbres.  Sin caer en panfletismo o comentario de afiliación política o partidista, su arte refleja su sentida y elocuente preocupación de ¿En qué estamos pensando?  Creo que en su caso, la presente muestra indica que va por muy buen camino.


Revista Domingo, El Nuevo Día

9 de agosto de 1998

Sin Ñ no hay puño