Agreste-urbano presenta mi trabajo reciente, en obras que confieren papel protagónico a materiales vinculados al proceso de crear de este artista-ser-humano, habitante de un país-archipiélago-colonia, que se desenvuelve entre lo rural y lo urbano, entre un paisaje natural (el agreste) y un paisaje creado-manipulado (la finca, el jardín, el urbano).


Son obras que respiran cierta armonía, orden y limpieza; obras de capcioso colorido y de yuxtaposiciones a veces antagónicas; obras que podrían observarse, entre tantas acepciones posibles, como una oda a la estructuración en la que se manifiestan los controles y balances de la Naturaleza, la sabia fuente en la que nuestra especie puede escudriñar respuestas a sus búsquedas materiales y espirituales; mientras, por otro lado, podrían aludir al desbalance provocado por la misma especie humana; desbalance maquillado con estrategias mediáticas, que terminan siendo artimañas que atrapan y manipulan, cual atractivos mecanismos de captura de plantas insectívoras.


En esta serie de obras integro múltiples lienzos meticulosamente pintados, y me aventuro a trabajar lo tridimensional, en piezas con cierto aire de escenario teatral que me permiten dialogar sobre el drama de la existencia y compartir aspectos formales de la creación artística.


A partir del 20 de septiembre de 2017 el huracán MARÍA provoca mirar las obras y el título de esta serie -concebidos antes de esa fecha-, como posibles intuiciones de lo que estaba cuajándose y de lo que quedaría en nuestro archipiélago luego de ese gran trauma que ha experimentado Puerto Rico, que implica mucho más que el azote cíclico de un huracán caribeño.


Nuestra casa y talleres, en las montañas de Gurabo, resistieron bien el ciclón, excepto por el viento y el agua que entraron por todas partes como si una manguera de alta presión se impusiera. El bosque aledaño y los árboles de la finca quedaron destrozados, como si hubiera estallado una bomba. Muchas casas de vecinos fueron gravemente afectadas, así como el sistema de energía eléctrica, las carreteras, el suministro de agua potable y la disponibilidad de alimentos y demás productos. Lo mismo ocurrió en todo Puerto Rico, en el agreste y en el urbano.


Pasado el huracán, entré a mi taller; y allí estaban las obras, como diciéndome: "Obsérvanos bien, pues podríamos ser registro y metáfora de lo que quedó allá afuera: árboles desnudos y partidos, metales, elementos punzantes y amenazantes; espacios vacíos que antes estuvieron habitados; flora, fauna y agricultura heridos... Pero no olvides la pertinencia cíclica de los huracanes en la vida de los ecosistemas. ¿Será por esto último que nuestros colores no son tétricos y hasta respiramos cierta armonía, orden y limpieza? ¿Será que nuestra apariencia es también metáfora del otro desastre; del desastre provocado por la realidad político-social que nos abruma; desastre maquillado para que todo aparente ser normal y aceptable dentro de las circunstancias? Los vientos huracanados son una cosa, las acciones de los humanos son otra."


Al pasar de los días y las semanas, entre la nueva lucha diaria y la oscuridad terrenal de noches con cielos bellamente iluminados por estrellas, la capacidad metafórica del Arte se develaba, y allí estábamos; como péndulos en un Puerto Rico distinto a la Isla del Encanto ilusoria que nos vendieron; entre los secretos de la corrupción rampante y la encerrona de un sistema político-social que no funciona; resistiendo la emigración masiva, la escasez de abejas, murciélagos y otros indispensables de la Naturaleza; seres como entre nubes, levitando cual fósiles vivientes en un ambiente cada vez más caliente e incierto; habitantes de la geografía de una isla violada; sobrevivientes de un mundo que sólo podrá ser configurado por mentes y brazos de luchadores iluminados, guiados por la verdad, la justicia, el trabajo y el sincero anhelo de una Patria renovada.


Y aquí estamos; habitantes de un Caribe huracanado, en el que la Naturaleza continuará sus ciclos milenarios.


Cecilio Colón Guzmán

2020

Gurabo, Puerto Rico

AGRESTE-URBANO de Cecilio Colón Guzmán


“El arte de nuestra época debe representar, o criticar, mejor dicho,

nuestros propios actos para que su fin sea provechoso.”

Francisco Oller


“Lo que ves es lo que ves.”

Frank Stella



Acababan de disiparse los poderosos vientos del huracán María cuando Cecilio Colón Guzmán entró a su taller temiendo lo peor. Sin embargo, al recorrer con su vista la pared principal del recinto comprobó con alivio que las 15 obras que había preparado para la exposición Agreste-urbano estaban en perfecto estado. Cada trabajo colgado en su lugar lucía indemne sus colores, sus barrocas texturas y sus bastidores ensamblados con objetos de diverso origen. En especial, aquellas ramas secas de guayabo y palo blanco que con tanto cuidado había integrado a sus composiciones pictóricas, permanecían intactas en su sitio.


Fue entonces que al mirar por la ventana la arboleda arrasada por el ciclón, su ojo de pintor reconoció una escena muy similar al paisaje fragmentado de sus pinturas. Para su sorpresa, allí estaban, encuadradas por el marco de madera,  las mismas ramas secas y las vigorosas texturas de sus obras en un paraje que, aunque desolado por la muerte, exhibía una oscura y extraña belleza.


Esta experiencia epifánica, narrada con pasión por Colón Guzmán, le reveló el carácter premonitorio de sus obras. Durante los tres años previos al paso de la tormenta, el pintor se entregó a un proceso de creación eminentemente intuitivo que lo llevó a ensamblar objetos dispares con bastidores pintados para lograr una obra de gran impacto visual y de una belleza tan extraña como la que nos dejó el huracán.


Solo un maestro de la composición y del color, como lo es Cecilio Colón, puede acometer con éxito la difícil tarea de integrar la gran variedad de elementos que coexisten en estos hermosos ensamblajes. Su constructivismo geométrico de acabado impecable, es de raíz clásica pues utiliza el ángulo recto y la simetría para otorgarle estabilidad a sus composiciones. No obstante, ese orden racional es subvertido con la introducción de manchas de color, texturas orgánicas en movimiento, clavos, objetos, maderas, plásticos y ramas; así el artista crea las tensiones formales necesarias para lograr el drama visual de sus ensamblajes.  El resultado final es de una hibridez enigmática y preciosista.


Esa oposición binaria entre lo geométrico y lo orgánico es la metáfora que da sustento, no solo al aspecto formal de las obras, sino también al conceptual. La dicotomía está anunciada desde el principio por el título Agreste-urbano que el autor utiliza para nombrar la exposición y para identificar la mayoría de las obras. La geometría de los bastidores expuestos, los lienzos y los espacios dentados con clavos, simbolizan al elemento urbano que sujeta y amenaza a la naturaleza, representada a su vez por las vigorosas texturas y manchas de color en movimiento. En la cosmovisión de Colón Guzmán la ciudad es vista como “un paisaje creado-manipulado”, es decir, la antítesis de lo agreste, que es la naturaleza salvaje y sin domesticar.


Cecilio Colón ha dicho que el paisaje que rodea su casa y taller ha inspirado muchos de sus cuadros. El artista vive en un área rural del pueblo de Gurabo amenazada por el desparramamiento urbano que se replica por todo Puerto Rico.  Su conciencia ecológica y sus valores éticos lo han inducido a utilizar su obra para denunciar la catástrofe ambiental que se nos viene encima ante la indiferencia de la mayoría. Este compromiso lo aparta de la tradición del formalismo puro del arte abstracto que aprendió de sus maestros en la Universidad y lo conecta con la agenda social que inició en la isla Francisco Oller y continuaron los pintores de la generación del 50. Desde este punto de vista, podemos decir que Cecilio Colón practica una abstracción del siglo 21 que sabe despojarse de purismos limitantes y se atreve a integrar aquellos elementos que le puedan servir para expresarse con libertad.

 

A pesar de todo su empeño, Cecilio Colón Guzmán admite que sus ideas ambientales y sociales no siempre pueden leerse con claridad en sus obras y por eso celebra la ambigüedad y la polisemia de sus ensamblajes que se prestan para múltiples interpretaciones. El espectador tiene la última palabra, y decidirá si se aventura a entrar en los temas sociales que propone el autor o si por el contrario, disfrutará las obras aceptándolas como objetos estéticos puros en donde la materia, la textura y la composición son, en sí mismas, el tema central de la muestra.


Rafael Trelles

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